La Catedral

La catedral se yergue, imponente: los ojos expectantes de los vitreaux, las gárgolas acechando a sus presas. Un enfrentamiento constante entre la macabra pero segura realidad, y el espeluznante hedor de lo imposible. Impávido, observa el cielo preñado de estrellas. Y en el medio de los mundos, la catedral observa, la catedral desea, la catedral anhela...
Un ángel rubio de pocos años, vestido con harapos, pasa delante de la iglesia en busca de algo para comer. De pronto, titila la línea del horizonte. Cruje el inmenso y pretérito esqueleto de metal, cemento y vidrio, y el edificio se ladea sobre goznes inexistentes, dejando al descubierto un hueco negro, monumental, insondable, donde se entreveran partículas de polvo, insectos y aullidos. La tarde calla. Algunas palomas se lanzan al viento. La catedral engulle.